El verano de 2021 fui alumna del curso de Paleografía que imparte el Museo de la Ciudad de Murcia desde hace varios años. Cuando aprendemos de pequeños que la “m” con la “a” es “ma” solo trazamos un primer puente en el entendimiento, la transmisión de conocimientos y fantasías. Nada de ello es posible si no se entiende la letra. Y ahí está esa desveladora de misterios, donde surge la Paleografía.
Modesta, escondida, imprescindible, pionera.
Fue una mujer, Luisa Cuesta Gutiérrez, quien a principios del siglo XX entró -cueste lo que cueste- en la española Universidad de los hombres, y fue la primera profesora (eso sí, con categoría auxiliar y sin remuneración) de Geografía Política y Descriptiva y de Paleografía en la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid.
Dos semanas cumpliendo un sueño. Era como un agujerillo, como un ansia incumplida desde que circa 1990 intenté hacer caso a mi intuición y estudiar Documentación. La Paleografía era una optativa que, como los postres en un bufé, antes de poder escogerla ya había desaparecido. Hasta que llegó Clara Alarcón a mi vida, con su Museo de la Ciudad bajo el brazo (y las calles, las mujeres, las tumbas, las acequias).
Dos semanas solo permiten conocer cómo iniciar el camino. Es trabajoso y cansado, pero el halo colectivo de nuestra aula ha sido especialmente reconfortante. Un alumnado tan valiente...
La valentía de quien se mueve entre servicios documentales del siglo XXI, o de quien ya dejó atrás la vida laborable y ahora se plantea el reto de lo absolutamente desconocido. El empeño de aquel que ha dedicado miles de horas de esfuerzo solitario al estudio de un grado online y depende de la Paleografía para completar el sueño. Una estudiante de Genealogía -dos horas diarias de estudio más extras-, un investigador reviviendo el espíritu de su tatarabuelo escribano, un doctorando -detective de lo antiguo-. Y mucho más. Bajo las nubes de tan ilustres neuronas quince días. Y una guía de mente clara.
Afortunada, porque al tercer año de intentarlo conseguí acceder al curso donde, sin poder evitar una pequeña sensación de instrusismo, he conectado los cables sueltos durante tanto tiempo.
El alfabeto de los árboles y su gran batalla.
Los druidas vencidos a la diosa blanca.
La sabiduría pisoteada en el bellísimo castañar de mis orígenes.
Han sido pasos profundos en una búsqueda torpe. A veces, gracias a personas como Clara, sientes que, durante unos días, recuperas la dirección correcta.
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