Una amiga médica me decía, al principio del confinamiento, que no le gustaba nada vernos aplaudir en los balcones cada tarde a las ocho. Ni a ella ni a muchos compañeros suyos de la sanidad. Gente como nosotros. Asustados como nosotros, recelosos de las medidas que se van tomando ante una situación desconocida. Nada de aplausos, maldita sea, lo que querían es que saliéramos a donde fuera y con efectos retroactivos para exigir medios. Gente, material, de todo. Años de llevarse los impuestos a otro lado, de repartir la tarta sanitaria para que los negocios nos salven esta puerca vida que se acaba y a todos nos lleva al polvo serás y a la mar, que es el morir… pero a unos se los lleva más rápido que a otros. La COVID_19.
Con la tenacidad y el entusiasmo de los que llevan toda una profesión a medias entre la bioética, el aprendizaje de la gestión sanitaria, incluso en el puro activismo contra el gran capital (a veces todo a la vez, y cantando) ellas y ellos pusieron en marcha el teléfono rojo, aquí estoy cuando digas y para todo. Hicieron equipo de todos los saberes conocidos para atender, organizar y prevenir. Justo reparto, justa atención. Objetivo salvar vidas.
Parte fundamental de la lucha contra la pandemia es la información. Ante la soledad, frente a la impaciencia, como dique de la tristeza y del dolor, del aislamiento. Cuéntame qué te pasa y cómo pasó. Hasta que olvidas, no ya contar a fondo y bien cómo vas repartiendo las vacunas que llegan, sino que agazapados aguardan los inmorales. En medio de los gritos no se puede explicar nada. Ni siquiera que las condenas están siendo antes que las denuncias, y que se escriben desde donde la manipulación es página corriente de cada día.
Cuando era chica estudiaba en un colegio de monjas, donde aprendí el 'método docente' de la risa cómplice. Con la excusa de 'dar ejemplo', la profesora hacía crítica de la mala calificación obtenida por alguna alumna mediante la mofa pública, el chiste malintencionado cuyo eco eran nuestras risas. Las risas nerviosas y cobardes de todas sus compañeras. Asco y condenación. Era un ensayo de la humana condición, esa que abronca al condenado al patíbulo y asiste al escarnio desde el escenario de los abusones.
Qué vergüenza más grande. Arrasando con todo y sin intención alguna de cerrar el grifo de las burlas. ¡Que dimitan, que dimitan más, gritan y gritan!. Creo que se sienten importantes arengando así a sus followers (y a ver quién se atreve a llevar la contraria). A los mismos que tachamos hoy podríamos perfectamente -también hoy- condecorar por su excelente labor, que a tantos nos salva. Conozco a algunos. No son ni héroes ni villanos. (Buena) gente como nosotros.
Cuando pienso "Chile" a veces me suena al fondo del cráneo una tonadilla que tarareaba uno de mis amigos muertos ( es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar ). A veces es Iñaki Gabilondo conectando con las calles de Santiago de Chile el 6 de octubre de 1988 y una voz de mujer contándole " ya voy a correr libre por la Alameda ". Y diciembre de 2019, aquí en casa, todas juntas porque el grito vino de Chile . Nos tapamos los ojos y gritamos contra el violador . Lo dejó contado la hermosa Marta Semitiel. La belleza de LAS RARAS Hoy tengo el regalo de los sonidos. Catalina May y Martín Cruz crearon Las Raras , una bendición radiofónica para feministas y creyentes en los derechos humanos. Buscan gente que enfoque su vitalidad en historias de libertad, y lo cuentan con una realización tan cuidada, audio creativo que muestra verdad. Y en ocasiones es pura Historia. Para un país como Puerto Rico , por ejemplo, donde lo biligüe se ha fundido para que carpeta sobre...

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