Traducción libre del artículo que Sarah Hawkes ha publicado en The Lancet. Con el título The banality of the patriarchy, Hawkes reseña de modo muy atractivo el último libro de Kate Manne, estableciendo cierto paralelismo conceptual con la polémica descripción que la filósofa política Hanna Arendt realizó sobre el nazi Eichmann.
El artículo fue publicado el 21 de noviembre de 2020. Es accesible con el DOI https: //doi.org/10.1016/S0140-6736 (20) 32416-8
<< C uando la filósofa germano-estadounidense Hannah Arendt cubrió en 1961 el juicio contra el nazi Adolf Eichmann para la revista The New Yorker (sus artículos condujeron en 1963 al libro Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil), quedó impactada por el concepto de banalidad.
Arendt escribió que Eichmann, ese burócrata “de estatura media, delgado, mediana edad, con alopecia, dientes desiguales y miopía” había participado en uno de los mayores crímenes de la Historia. La banalidad de la que hablaba Arendt, claro está, no se refería al aspecto físico de Eichmann, sino a “la incapacidad de pensar; esto es, pensar desde el punto de vista de otra persona”. Esa carencia, decía Arendt, consiguió que la maldad, a través de una interpretación oximorónica, acabase convirtiéndose en banalidad. Arendt pasó varios años explicando, justificando y ampliando el uso de esa terminología, y todavía hay teorías sobre lo que quiso decir exactamente. Pero la noción de que el mal florece cuando somos irreflexivos, cuando no cuestionamos o cuando perdemos nuestra empatía es tan relevante hoy como cuando Arendt escribía desde un tribunal de Jerusalén.
A esta sensación de apatía perniciosa he vuelto una y otra vez al reflexionar sobre los hombres descritos en el libro de la filósofa Kate Manne Entitled: How Male Privilege Hurts Women. Hablemos claro: en una escala de sufrimiento causado a los demás, no comparo las acciones individuales de estos hombres con las atrocidades de Eichmann. Más bien, mi comparación se refiere a las acciones apoyadas y facilitadas por una falta de conexión mental y empatía con las víctimas. Manne escribe sobre hombres que violan a sus parejas en sus propios hogares, o que violan a una juerguista inconsciente detrás de un cubo de basura.
Ella
describe a los hombres que apoyan con su voto que se controle la
autonomía de las mujeres para tomar decisiones sobre su maternidad. Y
describe a los hombres que dependen del trabajo doméstico sin sueldo
de las mujeres para disfrutar de un hogar limpio y cómodo en el que
prosperen sus propias carreras bien remuneradas. Manne documenta la
irreflexión de generaciones de hombres para los que los derechos de
cada día sobre las mujeres están arraigados desde el mismo
nacimiento. Esos derechos no son dignos de revisión o cambio hasta
que traspasan un límite legal, generalmente creado por el
hombre.
Resulta fácil, al leer libros como Entitled..., enfadarse
con los actos de esos hombres concretos, pero Manne también aporta
algunas ideas más profundas sobre el origen de las situaciones que
describe tan hábilmente, y sobre cómo se perpetúan. Manne
considera, por ejemplo, que la misoginia es la “rama policial del
patriarcado, un sistema que funciona para vigilar y hacer cumplir las
normas y expectativas de género”. Además, define y explora la
misoginia desde la perspectiva de las mujeres y niñas que la sufren,
en lugar de intentar comprender la “hostilidad que sienten los
hombres”.
El libro de Manne narra diversos encuentros e
historias, que van desde la furia de los llamados incels (jóvenes
gneralmente heterosexuales con ideas profundamente misóginas, muchas
veces asociadas a su "celibato involuntario", como que las
mujeres están obligadas a facilitar sexo a los hombres), hasta la
actitud destructiva de un hombre dando machiexplicaciones (con
frecuencia incorrectas) a una "oradora más experta ... de una
manera demasiado confiada, arrogante o autoritaria". Si bien la
terminología y los ejemplos de Entitled son en gran parte
específicos de los EE. UU., los derechos masculinos y los
desequilibrios de poder basados en el género que Manne
cataloga están mucho más extendidos.
Sin
embargo, el libro apenas explora cómo esas historias individuales,
ese sufrimiento de mujeres a manos de hombres “con derechos”
reflejan sistemas y estructuras más amplios: las instituciones del
patriarcado que sustentan la desigualdad. Para una comprensión más
profunda de la organización y gestión del patriarcado, vale la pena
recurrir a otros expertos.
En su innovador trabajo sobre jurisprudencia, Toward a Feminist Theory of the State, la jurista Catharine MacKinnon analiza cómo el estado de derecho “institucionaliza el poder de los hombres sobre las mujeres e institucionaliza el poder en su forma masculina”. En otras palabras, el sistema legal no es un sistema neutral, sino dominado por hombres con una serie de reglas y prácticas dictadas por hombres para los hombres. La lente de la interseccionalidad agrega aún más matices y comprensión, con académicas como Patricia Hill Collins destacando la importancia de analizar los desequilibrios de poder estructurales e individuales a través de las "opresiones que se cruzan" de clase, raza, (dis)capacidad, sexualidad, casta o religión, además del género.
El sistema médico y de salud no es una excepción en este desequilibrio de poder, en lo que el sociólogo R. W. Connell denomina "régimen de género" y "orden de género". En su capítulo sobre "Derecho a la atención médica", Manne retrata con claridad aspectos de este orden de género y describe con doloroso detalle la lectura de los síntomas, el dolor y la angustia de las mujeres a manos de los profesionales médicos y de la salud. Como señala Manne, ese trato a las mujeres se agrava cuando las mujeres involucradas no son blancas, ricas o han tenido acceso a una educación superior. De hecho, estas historias no son excepciones, más bien reflejan el orden general de género dentro de los sistemas médicos y de salud de hoy, sistemas que no son neutrales al género, ni para las personas que trabajan en ellos ni para las personas a las que pretenden servir.
Desde sus orígenes, el conocimiento médico se construyó en torno a la norma del cuerpo masculino, y sólo en los últimos años se han realizado intentos más sistemáticos para garantizar que las mujeres estén representadas de manera equitativa en los materiales de capacitación, como los libros de texto de medicina o los ensayos clínicos. Las desigualdades aún persisten. En comparación con los hombres, las mujeres se ven relegadas con mayor frecuencia a trabajos peor remunerados en la atención de la salud, tienen más probabilidades de denunciar el acoso sexual en su lugar de trabajo y tienen menos probabilidades de alcanzar puestos de liderazgo a escala mundial. Las mujeres de países de ingresos medianos y bajos, y las mujeres de minorías raciales y étnicas, obtienen resultados aún peores en la carrera profesional del sector de la salud, donde también se mantiene la brecha salarial.
[En España, la doctora Carme Valls-Llobet ha realizado grandes aportaciones al respecto de estas cuestiones. Su último libro, Mujeres invisibles para la medicina, muestra cómo los diagnósticos, e incluso los análisis clínicos, discriminan a las mujeres. Vs. la entrevista Carme Valls: “La medicina también ejerce violencia contra las mujeres” (nota de la trad.) ]
Esta falta de equidad y de igualdad es el resultado de sesgos sistemáticos y de un orden de género arraigado, en el que el cuerpo masculino y el profesional masculino han sido la norma durante siglos. Parafraseando a MacKinnon, un sistema “despiadadamente neutral” es uno que es “más masculino” y, en el caso de los sistemas médico y de salud, la “neutralidad” es, con frecuencia y a todos los efectos, un hombre blanco.
Entitled… no es un trabajo de teoría política en
profundidad ni un examen riguroso de los sistemas de poder que
sustentan las desigualdades. Sin embargo, donde el libro de Manne es
más potente es al contar las historias de mujeres individuales que,
mientras viven en una democracia liberal, en apariencia con plenos
derechos económicos, sociales, políticos y civiles, se encuentran
en cambio sujetas a una falta sistémica de libertad, “maligned,
policed and demonized” (“tratadas injustamente, vigiladas y
demonizadas”), como dice Manne, en lo que se refiere a la autonomía
del propio cuerpo. Escribe sobre los sistemas patriarcales y
estructuralmente racistas, que se preocupan menos por las
escandalosamente altas tasas de mortalidad materna, sobre todo entre
las mujeres marginadas, las mujeres pobres y las mujeres negras y
morenas, que por la "protección" de los no nacidos (las
tasas de mortalidad materna intrahospitalaria entre las mujeres
negras en los Estados Unidos son hasta tres veces mayores que las de
las blancas).
En los últimos meses quizás nos hemos vuelto un poco más conscientes del orden de género de los sistemas patriarcales que habitamos. La COVID-19 ha puesto de relieve tasas sorprendentemente altas de violencia doméstica, pues las restricciones de movimiento han obligado a las mujeres a compartir con sus parejas, con sus agresores, el mismo espacio. El colapso de la economía de servicios mal pagados ha tenido un impacto desproporcionado en los medios de vida de muchas mujeres. En el ámbito doméstico se están produciendo algunos de los impactos más generalizados de la pandemia a largo plazo. Todos los países firmantes de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) se han comprometido a “reconocer y valorar el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mediante la prestación de servicios públicos, políticas de infraestructura y protección social, y la promoción de la responsabilidad compartida dentro del hogar y la familia” (meta 4 del objetivo número 5). La frase no está completa: es destacable que se trata de una de las dos únicas metas de los ODS que agrega la advertencia “según proceda en cada país”.
[ La otra meta a la que se refiere Hawkes es el objetivo 3 (salud y bienestar) en su apartado 3.a. que reza así: “Fortalecer la aplicación del Convenio Marco de la Organización Mundial de la Salud para el Control del Tabaco en todos los países, según proceda” (Nota de la trad.)]
Antes de la COVID-19 parece que lo que “procedía” en la mayoría de los países era que las mujeres realizaran tres veces más trabajo de cuidados no remunerados que los hombres. Es probable que la COVID-19 haya exacerbado esta desigualdad. Las estadísticas muestran que ese trabajo de cuidados ha aumentado para las mujeres mientras las escuelas permanecían cerradas y los niños y los padres estaban confinados en el hogar. Como señala Manne, citando al psicólogo Darcy Lockman, “los hombres se sienten con derecho a nuestro trabajo [doméstico]”.
Creo
que esto nos devuelve a la noción de banalidad de Arendt. La
violencia, el abuso, las agresiones sexuales, las brechas salariales,
el trabajo doméstico no remunerado y no reconocido, la imposibilidad
de elegir ante la reproducción, las instituciones de género y los
sistemas del patriarcado. Nada de esto es banal en cualquier acepción
común del término: la banalidad es el modo irreflexivo e
inconsciente con el que la mayoría de las sociedades simplemente
aceptan la desigualdad de género, incluso llegando a argumentar a
veces que se trata del "orden natural" de las cosas.
Ahora
nos corresponde a todos reconocer también que no sólo hay
desigualdad de género. Somos partícipes de un mundo con múltiples
desigualdades estructurales, sistémicas e individuales: económicas,
de castas, clases, razas, religiones, habilidades, sexualidad,
geografía, género, por nombrar sólo algunas. Quizás la auténtica
banalidad y la verdadera injusticia se hallan en la facilidad con la
que nuestras sociedades cuestionan con tan poca frecuencia un orden
global discriminatorio, que beneficia a una proporción tan pequeña
de la humanidad. >>




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